En Finlandia, hay una región que tradicionalmente ha subsistido a base de agricultura y ganadería y que ahora empieza a sustentarse también gracias al turismo. Es una región del fin del mundo, recóndita y desconocida para muchos, aunque suponga el sueño de muchos otros (yo entre ellos). Lejos de pertenecerle sólo a Finlandia, Laponia, que es el nombre de esta región (o Lappi, en finés, o Lapland, en inglés), está compartida por Noruega, Suecia, Finlandia y Rusia. Este viaje del que voy a hablar hoy con la mayor de mis devociones ha sido a la Laponia finlandesa, visitando Rovaniemi (demasiado brevemente), Korvala, Pyhä y el pueblo de Santa Claus (cerca de Rovaniemi).
Uno de diciembre, miércoles, es casi de noche. Tren nocturno a Rovaniemi. Con parada en Kemi, por cierto, que, para los que, como yo, no tengáis mucha idea o certeza de qué es, es el pueblo de donde son los miembros de Sonata Arctica. En fin, a lo que íbamos, tren nocturno a Rovaniemi con llegada a las 11 de la mañana y una resaca histórica.
Pero esperen, que me estoy anticipando. Hay que decir también que, antes de levantarme y darme cuenta de que estaba resacosa, me desperté de repente porque un tren pasó a nuestro lado a mucha velocidad y el ruido sordo me despertó. Entonces descorrí la cortina de mi cabina. El tren estaba parado. Al igual que mi respiración al ver el sol en el este, despertando, y la luna en el oeste, acostándose. Y la luz de ambos astros tintando las nubes de colores naranjas y azules, y debajo de ellas los bosques, infinitos, cubiertos de nieve, bañados también por luces de colores. El tren empezó a andar. Pasaban los pinos, llegábamos tal vez a alguna explanada sin un solo deje de vida, Finlandia lucía hermosísima con su manto blanco. Disfruté, frente a un trozo de ventana, con el traqueteo del tren bajo mi barriga, tumbada boca abajo y abrazando la almohada y, cómo no, escuchando a Sonata Arctica, que me cantaron "paid in full" justo en el momento en el que más denso parecía estar volviéndose el bosque.
En fin, Rovaniemi. Autobús a la Korvalan... bueno, no recuerdo la palabra, pero quería decir "guesthouse". A 60km de Rovaniemi, que es el tema. Un puñadito de cottages apañados para mirar a un lago totalmente congelado y cuya placa de hielo está ahora mismo cubierta por la nieve. Un restaurante común, un edificio de sauna y duchas común. Cottages con sofá frente a la chimenea, camas para cuatro y una neverita para ir tirando en los almuerzos. Lovely.
Y empezamos con las actividades. Trineo tirado por renos, y trineo tirado por huskies. La verdad es que los perritos me parecieron mucho más amigables, y me dieron muchos besitos por la cara. Sin embargo eran muy jóvenes, y al ride le faltó un poco de adrenalina. Así que me gustó más el paseíto en trineo tirado por renos. Unos animales con unos cuernacos increíbles de grandes, y recubiertos de una pelusilla tipo terciopelo. Y con unas pezuñas raras. Y que pueden llegar a correr mucho, muchísimo.

Por la tarde, cafecito en nuestro cottage, con la chimenea encendida, la siesta me llamó a gritos y no supe decirle que no. Me desperté para ir a cenar. Después, evening sauna. Consistente, básicamente, en meterse a la sauna, sudar muchísimo y, cuando ya te has olvidado de lo que es el frío físico, salir a la calle, en bikini y calcetines, y tirarte al lago para bañarte dentro de un agujero abierto expresamente para ese propósito. No es algo como para morir del frío, la verdad. A fin de cuentas, si en la calle hay -8ºC, compensa bañarse, porque bueno, al menos el agua está a 2ºC, es decir, temperatura positiva. Me dolía más la piel tras retozarme en la nieve, para ser honestos.

En fin, después la fiesta siguió y siguió, y terminamos los fiesteros de siempre jugando a las cartas en ropa interior frente a la chimenea (cómo no), así que me salto los detalles. Me lo pasé muy bien, que es lo que cuenta.
Al día siguiente, viernes, hicimos un safari en motos de nieve. ¡¡Qué pasada!! Conducir a través de pinos y más pinos, desgarrando el silencio, sabiendo que tienes sólo un lago helado bajo una máquina como ésa, y viendo los colores del día y de la noche en sólo tres horas... espectacular. No se me olvida el momento de llegar a la cima, tomar un glögi calentito y ver bajo mis pies el mundo, que es este país, con sus miles de lagos y bosques, y la nieve cubriéndolo todo ello, como en un cuento de hadas .

Después bajamos de la montaña, llegamos a casa, unos más sanos y salvos que otros, y comimos algo rápido. Algo rápido que pareció sentarme mal al estómago y por lo cual me tuve que quedar en el cottage por la noche, con Bego y Miriam, jugando a los acertijos y delirando a causa de la fiebre.
Sábado, el día D. Día de estrenar esta temporada de esquí. En LAPONIA. En Pyhä, para ser más exactos. Una estación de esquí baratita, pequeñita, familiar, con pistas anchas y sin ninguna aglomeración, y con un chico muy guapo trabajando en el alquiler de esquís. Sobra decir que disfruté, que me sentí feliz, que me parecía maravilloso mirar al valle y encontrarme lo mismo que desde la cima de la montaña a la que subimos en motos de nieve: lagos, bosques, nieve. Y hacerlo en medio de un resort de esquí chiquitito, encantador, en el que he podido abrir temporada catando una nieve sensacional, con mucho frío, más de noche que de día y, lo más importante, aquí, en Finlandia, en el fin del mundo.

Por la noche, sauna cottage, aunque esta vez no hubo sauna para mí. Sólo fiesta y desfase hasta las seis. Desfase que hubo que limpiar al día siguiente, antes de ir a Santa's Village. Sí, muy mal lo de tener que limpiar, pero bueno, se llevó como se pudo.
Y, como decía, de camino a Santa Claus' Village, cerca de Rovaniemi. Llegamos y teníamos una cita con Santa, cita que consistió en sacarnos una foto con un hombre que tenía una barba de plástico y no sabía ni hacer "ho, ho, ho". Mucho negocio y mucha tontería, para nada. La verdad es que me desilusionó el encuentro. Me gustó mucho más, sin embargo, la decoración navideña que había en todo el pueblecito. Arbolitos, luces, villancicos en finés, la oficina postal de Santa Claus (¿sabes que con poner "Santa Claus" en el sobre de tu carta basta y sobra para que llegue a dicha oficina?), el museo de Santa, los elfos. Todo ello en conjunto. Navidad, momento de acordarse de todas esas cosas que han pasado, personas que se han ido, en fin, lo de todas las Navidades, pero con lágrimas en los ojos, frío, y un amor incondicional por este país.
Y, después, vuelta al tren. Rovaniemi a Helsinki en ruta nocturna, con una fiesta que se quedó en nada y cuyo fin inminente llegó ayer a las 7 de la mañana, cuando nuestro tren llegó a Helsinki. Gran sorpresa la nuestra al ver que había medio metro de nieve hasta en los andenes de la estación, que no paraba de nevar y que hacía un frío del carajo. Sobra decir que pasamos el día durmiendo, pero cuando me desperté vi las calles bellas como nunca, blancas, blancas inmaculadas.
Y, ya que estoy, apostillo que ayer, 6 de diciembre, fue el día de la Independencia de Finlandia, y debió de haber un montón de desfiles y demás que me perdí, repito, por dormir todo el día. Tiring Lapland.
Menos mal que mereció la pena perderse el día de la nación por una magia que empezaba a creer que sólo existiría en los cuentos.